Los payasos de la tele.

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Estos últimos tres días los medios de comunicación vuelven a hacer gala de lo sofocantes, insistentes y repetitivos que pudeen llegar a ser con temas tan morbosos como el proceso judicial de Josepf Fritzl, o como se le conoce mediáticamente “el mosntruo de Amstetten”. Del juicio se sabe más bien poco puesto que la información se filtra a cuenta gotas, y ante la falta de noticias los medios allí apostados (no van a hacer el viaje en valde) se han dedicado a jugar al gato y el ratón con el procesado intentando obtener una imágen de su cara al descubierto (recordemos que Fritzl ha aparecido en todo momento con el rostro tapado por un ya famoso archivador de color azul). Todo este “tinglado” me ha hecho reflexionar sobre la manera en que los medios de comunicacion (especialmente la televisión por meras razones de inmediatez) intentan llenar hojas y hojas (minutos, en este caso) con informaciones  a veces insubstanciales pero tremendamente morbosas. En este caso, por ejemplo, prima la imagen, la instantánea del momento, la cara del “monstruo” -que ya ha sido reproducida hasta la saciedad en el momento en que se destapó el caso- por encima de la historia, del proceso, de la resolución que no llega.

Ante este circo “plantado” en las puertas de los juzgados de la pacífica población austriaca de Sankt Pölten (recordemos también que su alcalde está aprovechado este revuelo para promocionar su localidad) mi interés  ha desaparecido, se ha evaporado.  No voy a negar que la historia y sus protagonistas me fascinan y horrorizan a partes iguales pero con dicho tratamiento obsesivo y falto de sustancia simplemente me limito a “consumir” las noticias que me llegan de ese pqueño rincón de centro-europa como espectador pasivo y completamente desencantado.

 Tan solo ayer todo este embrollo me hizo reflexionar minimamente cuando se difundió que la hija maltratada y sistemáticamente violada por Fritzl declaró durante 11 horas contando todo lo que vivió en su captiverio.  No pude evitar imaginarme a esa mujer ante tal sacrificio, el de narrar al detalle la tortura y la angustia que vivió durante más de 20 años. 24 años condensados en 11 horas. 11 horas de sentimientos encontrados, imágenes agolpadas, sensaciones revividas, angustias rescatadas….11 horas de horrorosa síntesi indeseable para cualquier ser humano. Ante esta muestra de entereza y esfuerzo -si bien no se conoce de que manera abordó Elizabeth Fritzl la historia de su desgraciada vida- no hay televisiones, periodistas, fotógrafos que valgan.

En ese momento se encontraron dos tipos de mensajes, dos tipos de historias: dentro, una mujer removiendo sus entrañas, fuera una marea de flashes en busca del mejor “higadillo”.

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