Compresas y fiestas.

 

Hoy me permito rescatar un anuncio de este mismo año que, si no me equivoco, ha dejado ya de emitirse. Ha dejado de emitirse, sí, pero no ha dejado de existir como otros muchos spots que caen irremediablemente en el olvido después de abandonar las pantallas de nuestros televisores. Podríamos decir que esa es una de las características más remarcable de la publicidad de consumo: la premisa del usar y tirar que llega a todos los rincones de la comunicación, ya sea publicitaria, periodística, corporativa o de cualquier otra índole.

Este anuncio, sin embargo, encarna otra de las características más destacables de esta vorágine consumista, la de reproducción masiva a través de los canales más insospechados. Y en esta ocasión, solo una frase ha conseguido tal azaña. Si empiezo explicando que se trata de un anuncio de compresas seguramente seran pocos los que identifiquen el spot del que estoy hablando. Si pronuncio la ilarante frase “Eshh una fieshhta”, seguramente la cosa cambie sustanciablemente. Aquí, el producto es lo de menos, lo que importa es la situación que se presenta en el anuncio y la comicidad que este  desprende. Pero lo curioso del caso es que la audiencia ha picado en el anzuelo y ha encontrado la propuesta de lo más divertida (no consigue carcajadas pero a la mayoría nos ha conseguido arrancar aunque sea la más leve de las sonrisas). Y es ahi cuando la maquinaria de la comunicación masiva empieza a funcionar. Blogs y foros dieron el pistoletazo de salida (la immediatez de internet no cuenta con competidores) comentando el dichoso anuncio hasta la saciedad. Luego vinieron las redes sociales y el boca a boca hasta acabar siendo carroña de los medios generalistas que, no nos engañemos, siempre van a remolque de lo que la red dicta.

El otro día iba por la calle, y no pude evitar escuchar la conversación de un grupo de adolescentes apostados ante la puerta de un instituto. Desconozco la temática de su discusión pero todo lo que logré ohir fue la frasecita en boca de un chico entregado a su discurso ante sus compañeros. Las risotadas fueron inmediatas y en ese preciso instante supe apreciar el verdadero éxito del anuncio. Cuando un anuncio llega a la calle, el triunfo es ya un hecho. Poco importa la escasa brillantez del mismo. Todo lo que queda es la imágen en la retina (en este caso una frase) que, vete tu a saber porqué, ha llegado a calar hondo en las conciencias del respetable.

Y que luego alguien se atreva a preguntar que era lo que se anunciaba.

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