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Cada vez que intentamos definir ciertos conceptos cotidianos inherentes a nuestro lenguaje nos asaltan las dudas. Es un ejercicio que hemos realizado varias veces en clase y, sinceramente, aunque puede resultar complicado o poco apetecible,  nos sirve para darnos cuenta del desconocimiento del léxico que muchos profesamos.

Hoy se nos plantean tres términos muy cercanos entre si pero que presentan particularidades que a menudo nos puede parecer imperceptibles.

¿Qué entendemos por sorpresa? ¿Y por suspense? Y la intriga…¿es comparable a alguna de las dos anteriores?

Personalmente cuando pienso en la sopresa pienso en una reacción involuntaria producida por un acontecimiento inesperado y sorprendente, capaz de modificar nuestro estado de ánimo. Es sin duda, una reacción completamente emocional y puede presentarse como una experiencia positiva o negativa.

El suspense, en cambio, lo entiendo como un proceso, como una progresión de hechos que vas desarrollándose hasta que llegan a una resolución concreta. No se trata de un instante (como suele ocurrir cuando hablamos de sorpresa) sinó un periodo más dilatado en el tiempo. El suspense puede ser la causa de la sorpresa aunque no siempre debe ser así. Es, por tanto, un concepto que engloba hechos y emociones, o más bien dicho, hechos que provocan emociones.

La intriga la concibo como un sentimiento más personal, más independiente de los actores externos. La intriga es la necesidad por saber, por conocer cosas que se nos escapan y, por tanto, nace en el interior de la persona. Es un estado emocional más íntimo e intransferible que el suspense.  La sucesión de unos hechos puede provocar suspense -es el caso de muchos relatos- pero la intriga nace de una necesidad personal por conocer, por saber cual sera el resultado de esos hechos.

Sea como sea, los tres términos son una fuente de inspiración para multitud de relatos publicitarios (por no decir la mayoría). El suspense y la sorpresa siempre aseguran una mayor retentiva del espectador y una reacción ante los estímulos del anuncio. Es el caso por ejemplo, de una modalidad de publicidad que se puso de moda hace pocos años, aunque parece que últimamente ha perdido fuelle. Se trata de la publicidad sorpresa o “dosificada”, es decir, esa publicidad que progresivamente va ofreciendo nuevos datos al consumidor hasta que finalmente se descubre el producto anunciado. Durante los primeros días, se difunde, por ejemplo, una sola frase o una sola imágen sin que se identifique el produto. A medida que trascurre el tiempo aparecen nuevos anuncios con más información, si bien aún sigue sin desvelarse el objeto de la publicidad. Al final, pasados unos días o incluso unas cuantas semanas, se desvela el producto con un anuncio sorprendente que a menudo poco tiene que ver con los spots que lo preceden.

Este es un claro ejemplo que aúna sopresa, intriga y suspense como método para captar la atención del espectador. Otro claro ejemplo, en definitiva, de los amplios recursos del discurso publicitario para alcanzar sus objetivos.

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