Finales inesperados.

1958 Ford Thunderbird

El semáforo se puso en verde justo en el momento en que Carla se disponía a retocarse el maquillaje en el reflejo del retrovisor. No había dormido nada la noche anterior y su piel se resquebrajaba a tiras por el cansancio y el sufrimiento que la torturaban en las noches de verano. Guardó resignada la polvera de nácar turquesa y pensó que ya tendría ocasión de hacerlo en el siguiente cruce, o en siguiente, o tal vez ya no valía el esfuerzo. Cambió de marcha, pisó a fondo el acelerador y aún con los pensamientos de lo que había ocurrido la noche anterior en la cabeza, prosiguió su marcha sin reparar en en el velocímetro. EL revólver resplandecía en su bolso.

Después del colegio, llegaba la recompensa. Pero aquel día nadie había ido a recoger a Marco a la escuela. Pero no le importó lo más mínimo. Ya había llegado el momento de actuar como los adultos e ir a por su merienda el sólo. Su madre siempre le compraba un dulce en el colmado de la esquina, uno de esos mantecados que resplandecían en el escaparate, rebosantes de azúcar glasé. Pero aquel día su madre le había dejado muy claro que tenía demasiadas cosas que hacer y que, muy a su pesar, tendría que dejarle volver solo a casa. Él sabía que la discusión de anoche con su padre tenía algo que ver con su repentina falta de tiempo pero decidió no darle más vueltas. Al fin y al cabo eran temas de mayores. Segundos más tarde, el mantecado en la vitrina, el chirrío de los pneumáticos, la cara de terror de su madre…

No hay nadie más orgulloso que Juan, pero aquel día asumió su parte de culpa y se arrepentió una y otra vez de haber tratado con tanta brutalidad a su mujer. La había dejado marcharse, congelado en su silla de mimbre, sin tan solo poder articular un músculo, sin poder balbucear palabra que la retuviera unos segundos más antes de flanquear la puerta. Estaba convencido que aquella vez no volvería A lo largo de mañana había visto pasar repetidas veces su cabriolet tornasolado por delante del apartamento y aunque sabía que cuando las cosas se torcían su mujer se obstinaba en dar vueltas con el coche sin rumbo fijo, estaba convencido que no iba a regresar esta vez. Movido por un impulso repentino, salió de casa para esperarla en el cruce. Su intuición a flor de piel le decía que volvería a pasar una última vez. El morro del vehículo asomó por la avenida, un sonido sordo y un cegador resplandor que iluminó el interior del coche. Su hijo temblando en el suelo, gritaba sofocadamente con los ojos entornados. Y Carla, al volante, con un disparo en la sien esbozaba una siniestra sonrisa. Una sonrisa que ni su marido ni su hijo podrán jamás borrar de sus cabezas.

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