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Fin de fiesta.
junio 3, 2009

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Si algo aprendemos en esta vida es que todo llega a su fin en un momento o otro. Lo bueno, lo malo, lo regular, lo indiferente…todo empieza y transcurre para encontrar un irremediable final. 

A estas alturas, cuando nos encontramos a nosotros mismos enfrentándonos al mundo laboral, después de haber disfrutado del abrigo y seguridad que nos ofrece una carrera universitaria, se nos plantean muchas dudas, dudas de todo tipo, que como todas las cosas surgen con la voluntad de ser disipadas, resuletas o, simplemente, arrinconadas en el cajón de las preguntas sin resolver que a lo largo de la vida vamos llenando casi sin querer. Ahí es donde entran en juego asignaturas como este seminario, para arrojar un poco de luz sobre conceptos que a lo largo de cuatro o cinco años no hemos sido capaces de perfilar o no nos han dado la oportunidad de hacerlo. Supongo que para enfrentarse a algo con una mínima seguridad y ciertas garantías de éxito hay que, justamente, conocer a lo que nos enfrentamos. Y conocerlo desde todos los ángulos del prisma – como mínimo el máximo posible- para poder abordarlo de distintas formas y disponer de más de un as en la manga. 

Si intento recordar cuantas veces hemos intentado definir la profesión periodística a lo largo de la carrera, seguramente pierda la cuenta. Lo hemos hecho -o intentado- infinidad de veces y siempre con resultados -al menos desde mi punto de vista- poco concretos. Sin embargo, este seminario me ha permitido conocer un poquito mejor como se estructura una de esas partes a menudo poco estudiadas de la profesión: el discurso. Sin duda, una parte esencial de nuestra futura profesión, por no decir la única e indispensable. Independientemente de sus múltiples manifestaciones (escritas, visuales, auditivas, etc…) el discurso es la piedra filosofal de lo que llamamos “periodismo” o, generalizando aún más, de cualquier expresión comunicativa con afán de comunicar, valga la redundancia. Es ese discurso el que tendremos que cuidar, el que tendremos que temer -a veces-  y el que deberemos moldear a nuestro antojo. Y es en este seminario cuando he acabado de reafirmar una de mis suposiciones: el discurso hay que trabajarlo día a día, hay que ejercitar el arte de escribir regularmente para poder estructurar la mente, para poder escupir tus pensamientos de manera ordenada y llegar al espectador/oiente/lector de la manera en que queramos hacerlo. 

También nos hemos puesto en la piel del receptor y hemos analizado como el mensaje se dirige hacia nosotros y que tipo de reacciones nos provoca. Es aquí cuando aparece, mayoritariamente, el discurso publicitario o político porque son estas dos modalidades las que apelan de una manera más directa a los sentimientos. Unos sentimientos que reaccionan ante cualquier estímulo publicitario pero también estrictamente informativo. A menudo el periodista olvida es pretensión de “llegar” de “emocionar”, tan importante y válida como la estrictamente divulgativa. Creo que ambas forman parte indiscutible de  la profesión si bien se intente criminalizar esa faceta más interptetativa del periodismo. 

Anuncios, artículos de prensa, discursos políticos, relatos de ficción… todo ha sido válido para descubrir como el discurso rige nuestras vidas, a veces hasta niveles insospechados. Todo es discurso a nuestro alrededor desde el momento en que el hombre necesita inventar un discurso para identificar todo lo que le rodea y encontrarle un sentido. Es por eso que este seminario me ha abierto los ojos y además me ha permitido experimentar y expresar mis opiniones al respecto dejando de ser un “alumno pasivo” para ser parte del proyecto. Cierto, el horario de las clases puede que no sea el más apropiado para la reflexión pero creo que la idea de elaborar un blog es altamente positiva, no solo por que es uno de los medios expresivos del presente y posiblemente del futuro -con notables mejoras seguramente-, sino porque nos ha obligado a ejercitar nuestros discursos, propios o a cerca de discursos ajenos, además de poner en práctica nuestros dotes narrativos que, una vez más, tendemos a olvidar en detrimento del discurso informativo.

Con todo esto, la experiencia ha sido altamente positiva; y eso teniendo en cuenta que a menudo los seminarios son considerados como piezas menores del engranaje de la licenciatura, como meros trámites que hay que pasar antes de recoger el título. Precisamente por eso, por ser asignaturas sin un peso contundente en el expediente se convierten en herramientas distendidas y desenfadas para explorar terrenos que sus hermanas mayores no han sabido abordar. Sin olvidar que la disposición del profesor y la estructura de las clases también han ayudado enormemente. 

El resultado ha sido, pues, sorprendentemente positivo. Una guinda en el pastel.

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